Lo primero fue resolver el delicado asunto del alojamiento. Los hoteles del centro de Girona tenían unos precios capaces de marchitar cualquier entusiasmo floral, así que optamos por reservar en el B&B Hotel Girona 2, situado en Salt, a unos seis kilómetros de Girona. Mucho más razonable para nuestros bolsillos y, además, con aparcamiento.
Aprovechamos también para contactar con Carol y Antonio, que estaban en Malgrat de Mar, y quedar con ellos al día siguiente. Con todo organizado, salimos rumbo a Girona el miércoles 13 hacia las ocho de la mañana.
La idea era sencilla: llegar pronto, aparcar cerca del casco histórico y recorrer tranquilamente las zonas decoradas con flores. Naturalmente, nada salió exactamente así.
Hicimos los 150 kilómetros de un tirón y llegamos alrededor de las 10:15. Los parkings estaban absolutamente desbordados. Aquello parecía una peregrinación floral multitudinaria. Finalmente conseguimos dejar el coche en zona azul durante las dos horas reglamentarias y aprovechamos para recorrer la zona de la catedral y sus alrededores, completamente abarrotados de visitantes y cámaras de fotos.
Ante la imposibilidad de encontrar un aparcamiento decente y duradero, decidimos dirigirnos al hotel en Salt para hacer el check-in. Después comimos en el restaurante La Temporada, dentro de un centro comercial cercano, una solución muy práctica y bastante menos romántica que un restaurante medieval del casco antiguo, pero mucho más cómoda para nuestros pies.Tras un breve descanso, tomamos el autobús L4 hacia Girona y dedicamos la tarde a recorrer todos los rincones posibles de “Temps de Flors”. Patios, escaleras, balcones, claustros y callejones aparecían cubiertos de montajes florales espectaculares. La ciudad entera parecía haberse puesto de acuerdo para competir por quién colocaba más flores en menos metros cuadrados.
Cuando ya empezábamos a notar que nuestras piernas solicitaban oficialmente la jubilación anticipada, decidimos premiarnos con el tradicional xuixo —pronunciado “chucho” en castellano—, el dulce más emblemático de Girona: una pieza de bollería frita, similar a un cruasán hojaldrado, rellena de crema pastelera y recubierta de azúcar. Una auténtica bomba calórica… pero deliciosa.
Para rematar la jornada floral, nos sentamos tranquilamente a tomar una cerveza antes de regresar en autobús al hotel. Aún nos quedó energía para entrar en un Alcampo cercano y aprovisionarnos de algunas viandas que terminaríamos degustando elegantemente en la habitación 320 del hotel. La alta cocina improvisada del viajero veterano.
El jueves 14 comenzamos el día desayunando en un excelente bar regentado por chinos, donde nos prepararon unos bocatas de tortilla memorables. Después llamamos a Carol para avisarles de que salíamoshacia Malgrat y quedamos en su casa, en la calle Montagut.
Tras los saludos y las primeras conversaciones, salimos a pasear por el centro de Malgrat en dirección a la playa dels Pins y la zona hotelera. El día acompañaba y el paseo resultó muy agradable.
Tenían reservada mesa para las 13:30 en el Restaurant Antonio, donde disfrutamos de una estupenda crema de calabaza y un excelente bacalao con xanfaina.
Después de comer regresamos caminando hacia su casa, aunque esta vez utilizando el famoso funicular del Parque del Castillo, un ascensor inclinado de acceso público que conecta gratuitamente el centro urbano con la colina del parque. Desde arriba se disfrutaban unas magníficas vistas de los tejados del pueblo y del Mediterráneo.Ya en casa de Carol, y tras una agradable charla de sobremesa, decidimos regresar a Vilanova i la Geltrú alrededor de las seis de la tarde, llegando a casa poco después de las siete y media.
P. D.: Muy cerca del B&B Hotel Girona 2 existe también un B&B Hotel Girona 3. En un par de ocasiones nos equivocamos de hotel y acabamos entrando donde no era. Nosotros culpamos a los hoteles por poner nombres tan parecidos y estar tan cerca. La edad, naturalmente, no tuvo absolutamente nada que ver.




