Amanece pronto y la luz entra sin pedir permiso. No hay persianas como ahora, ni cristales perfectos: la claridad se cuela por donde puede.
Es el número 16 de la calle San Antonio (la que hoy llaman Alcarria, en el barrio de España en Valladolid), donde las casas nunca terminaban de estar del todo acabadas. Siempre había un ladrillo por colocar, una pared a medio revocar o una idea pendiente para cuando hubiera tiempo… o dinero.
Esta es la casa donde nací, todavía “en obras”, aunque ya habitada. Huele a mezcla de yeso, madera y comida sencilla. Mis padres no terminaron la casa antes de vivir en ella. Eso era lo normal: primero se vivía, luego se mejoraba.
Fuera, la calle no se parece en nada a la de hoy. Era de tierra, con surcos marcados por carros y pisadas. Si ha llovido, habia barro; si no, polvo.
Veo a una vecina sacudir una alfombra. Otra barre la puerta de su casa, levantando más polvo del que quita. Algún hombre sale temprano a trabajar, andando o en bicicleta. Las mujeres hablan de puerta a puerta; no hace falta acercarse mucho. Las conversaciones cruzan la calle como si nada.
En cuanto mi edad me permite moverme con autonomía, la calle se convierte en mi terreno. No hay coches, pero sí juegos, y eso lo cambia todo: chapas, canicas, carreras improvisadas y mundos inventados con cualquier objeto.
Las casas de la calle tampoco están “terminadas”: paredes sin revocar, habitaciones añadidas con el tiempo, pequeños patios muy bien aprovechados. Mis padres no solo construían la nuestra, también otras dos. Gente trabajadora, resolutiva, con visión práctica.
A veces el día no era tan tranquilo. Si el río Esgueva venía crecido, el barrio lo notaba: calles anegadas, el agua acercándose peligrosamente a las casas y los vecinos pendientes unos de otros. No era un drama constante, pero sí una amenaza conocida. Y eso también une mucho.
Al caer la tarde, el ritmo baja. Los hombres vuelven del trabajo, se comenta lo del día en la puerta, los niños apuran los últimos juegos hasta que alguien llama: “¡A casa!”. No hay televisión. La vida ocurre fuera… y luego dentro, en familia.
Son recuerdos de un origen humilde pero activo, de una infancia con libertad real en la calle. Un entorno donde el problema no era que faltaran cosas… sino cómo apañarse sin ellas. Y eso me ha acompañado toda mi vida: adaptación, sentido práctico y una manera de mirar las dificultades sin dramatizarlas.
En esa casa crecí yo. La puerta rara vez estaba del todo cerrada. No hacía falta. La calle entraba en casa sin avisar: con el polvo en verano, el barro en invierno y las voces de los vecinos durante todo el año. Porque en aquella calle no se vivía hacia dentro, se vivía hacia fuera.
Uno de los que cruzaba esa puerta con frecuencia era Paco. MI buen amigo Paco. Su padre, guardia urbano, imponía respeto, pero luego resultaba que también era tenor en un grupo de zarzuela. Aquello nos parecía casi mágico: un hombre que podía poner orden en la calle y, al mismo tiempo, cantar como si estuviera en un teatro.
Pero lo importante de Paco vino cuando a mí me tocó parar. Fiebres reumáticas,dijeron reposo obligatorio, días largos, todos iguales, mirando más al techo que al mundo. Y justo cuando el mundo parecía seguir sin uno… aparecía Paco, cada día, con los deberes, con los apuntes, con las noticias del instituto. Yo hacía lo que podía desde casa, y él se encargaba del resto: entregarlo, explicarlo y animar sin hacer ruido. Gracias a él, mientras mi cuerpo estvo parado, la vida no se detuvo del todo.Fue mi iniciación en la "Formación Online"
Muy distinto era Nazario. Con él no había cuadernos ni obligaciones: había juego de cartas y TBOs, muchos TBOs. Nos sentábamos en cualquier rincón de la calle y empezaba la partida. Aquello no era un juego inocente: nos jugábamos nuestros tesoros. Cada tebeo tenía su historia, y perderlo dolía; ganarlo, en cambio, era una victoria que se celebraba con una mezcla de orgullo y alivio.
Lo reconozco: este juego era adictivo. Pero también era una escuela. Sin darnos cuenta, aprendíamos a arriesgar, a calcular, a aceptar que a veces se gana… y a veces te quedas sin tu Pulgarcito.
Y luego estaba Pedrín.
Con él, la historia se movía entre un callejón y su casa. El callejón frente a su puerta era nuestro estadio de fútbol. No hacía falta más: dos piedras para marcar la portería y una discusión interminable sobre si el balón había entrado o no. Los partidos no tenían reloj ni árbitro, pero sí intensidad.
Después venía su casa: un patio estrecho, casi imposible, donde cabía todo —juegos, risas— y también esa etapa en la que jugábamos “a los médicos” sin saber muy bien por qué, pero con la sensación de que aquello tenía algo distinto.
Aunque lo verdaderamente distinto no estaba en el patio, sino dentro. Pedrín tenía una hermana(de cuyo nombre no puedo acordarme), y yo, sin entenderlo del todo, sabía que me pasaba algo cada vez que aparecía. No era como con los demás. Había un cuidado especial en cómo miraba, en cómo hablaba, en cómo yo encontraba excusas para quedarme un poco más. No sabía ponerle nombre, pero hoy lo tengo claro: estaba enamorado.
Así pasaban los días en mi calle: entre amigos que te sostenían cuando hacía falta, juegos en los que te lo jugabas todo por un tebeo y descubrimientos que te cambiaban sin avisar.
La calle San Antonio no era solo una calle. Era un mundo entero comprimido en unos pocos metros de tierra. Un mundo donde no teníamos casi nada… pero, sin darnos cuenta, lo teníamos casi todo.


