09 agosto 2026

La Mili que nunca elegi

 

Terminaba 1969 y, yo estaba a punto de cumplir veinte años. A esa edad uno empieza a pensar que ya gobierna su propia vida, aunque en la España de entonces había ciertas decisiones que seguían estando en manos del Estado. Una de ellas llevaba uniforme, duraba muchos meses y tenía un nombre que toda una generación conocía perfectamente: la mili, el Servicio Militar Obligatorio.

 Sabía que la llamada estaba próxima.Y llegó. El 28 de febrero de 1970, el Ayuntamiento de Valladolid me envió la correspondiente Papeleta de Citación. El Servicio Militar Obligatorio dejaba de ser algo que les ocurría a otros para convertirse en una realidad con mi nombre y apellidos.

Así que decidí anticiparme.Si tenía que ir, prefería hacerlo antes de que otros eligieran por mí el momento o, sobre todo, un destino que no me conviniera. Me informé y opté por ingresar como voluntario. No porque hubiera descubierto repentinamente una vocación castrense —nada más lejos de la realidad—, sino por una razón bastante más práctica: dentro de lo inevitable, quería conservar algún margen para decidir mi propio camino.

El 10 de marzo de 1970 comenzó oficialmente mi vida militar.El Pinar de AntequeraMi primer destino fue el CRIM nº 1 —Centro de Reclutamiento, Movilización e Instrucción—, situado en el Pinar de Antequera, al sur de Valladolid. El periodo de instrucción no fue precisamente agradable. A la disciplina, los horarios y la repentina pérdida de libertad había que añadir un enemigo mucho más elemental: el frío. Aquel invierno fue especialmente duro y las temperaturas bajo cero consiguieron que determinadas jornadas de instrucción resultaran bastante penosas.

 Y luego estaba la comida. Calificarla de mala sería, en ocasiones, mostrarse generoso. No sé si el problema eran las materias primas, los cocineros, las enormes cantidades que había que preparar o una desafortunada combinación de todo ello, pero algunos platos resultaban francamente deleznables, sobre todo por lo mal cocinados que estaban. Comer dejaba algunos días de ser uno de los pequeños placeres de la jornada para convertirse en otra parte más de la instrucción militar que había que superar.

 Sin embargo, mi mayor desacuerdo con la mili no procedía ni del frío ni de la comida. Era algo bastante más profundo.Nunca llegué a entender que el Estado obligara a miles de jóvenes a interrumpir sus estudios, su trabajo, sus proyectos o, sencillamente, su vida durante tantos meses. Precisamente cuando uno se encontraba en una de las mejores etapas de su juventud, aquella vida quedaba suspendida porque había que cumplir una obligación que, al menos para mí, tenía mucho de pérdida de tiempo.Era lo establecido y había que hacerlo.

 Pero cumplir una obligación no significaba necesariamente estar de acuerdo con ella. Entre frío, instrucción, disciplina y ranchos más o menos incomestibles llegó el 12 de abril de 1970, día de la Jura de Bandera: todo un acontecimiento para los militares y, para quienes contemplábamos aquello con bastante menos entusiasmo, poco más que una farsa.

 Permanecí hasta mayo en el Pinar de Antequera para completar el periodo de instrucción. Para entonces había aprendido una primera lección importante de la vida militar: uno podía tener sus propios planes, pero allí las órdenes siempre tenían la última palabra. Y la siguiente llegó muy pronto.Torrejón de Ardoz.

 El 20 de mayo de 1970 recibí la orden de presentarme en la Base Aérea de Torrejón de Ardoz, donde fui encuadrado en la Escuadrilla de P.A., dentro del Ala de Caza nº 6. El cambio respecto al Pinar de Antequera fue considerable. Mi estancia allí fue relativamente corta, apenas tres meses, pero bastante más animada. Y tuvo algunos momentos memorables.

 

Después de haber soportado el frío vallisoletano, parecía que el Ejército había decidido ofrecerme el extremo contrario. Durante aproximadamente dos semanas nos tocó picar zanjas bajo un calor considerable.Y si fuera hacía calor, dentro de las naves dormitorio todavía era peor. Eran construcciones con techo abovedado cubierto de chapa de hierro galvanizado que, bajo el sol del verano madrileño, se convertían prácticamente en hornos. Permanecer allí durante horas no era precisamente una experiencia recomendable.

 Pero Torrejón tenía también sus compensaciones. Una de ellas, sorprendentemente, era la comida. Después de mi experiencia anterior, descubrir que el rancho podía ser razonablemente comestible ya suponía una mejora considerable. Algunos días incluso aparecía algo que uno podía comer con verdadero gusto. Recuerdo especialmente la tortilla de patatas, que no solo era comestible sino que, en ocasiones, resultaba hasta deseable. Después de lo vivido en el Pinar, aquello podía considerarse casi alta cocina militar.

 Mi paso por la Policía Militar pertenece a la parte más divertida de aquellos meses. Aquella función me proporcionó cierta libertad y me permitió salir al pueblo de Torrejón con mayor facilidad de la habitual. Dentro de una institución donde casi todo estaba regulado, disponer de esos pequeños espacios de autonomía se agradecía enormemente. También tuve que realizar guardias en los alrededores de un campo de golf compartido con el Ejército norteamericano, cuya presencia en la Base de Torrejón formaba parte del paisaje cotidiano.

 Aquellas guardias produjeron algunas escenas que todavía recuerdo.De vez en cuando, los soldados americanos compartían conmigo un buen barreño de lo que ellos llamaban café. Yo tenía mis dudas. Era aquel café yanqui, abundante, oscuro y bastante parecido a un aguachirri, pero en determinadas circunstancias uno tampoco podía ponerse demasiado exigente. A aquello se añadía alguna provisión de tabaco Winston, que también circulaba gracias a nuestros vecinos norteamericanos.

 El campo de golf proporcionaba además otra pequeña diversión. Las bolas se perdían con cierta frecuencia entre la vegetación y los márgenes del recorrido. Yo desarrollé cierta habilidad para localizarlas y terminé reuniendo una pequeña colección de aquellas bolas abandonadas.No era precisamente botín de guerra, pero era mi botín.

 

Poco antes de abandonar Torrejón se produjo otro episodio que, visto desde la distancia, todavía recuerdo con bastante regocijo.No sabría explicar con exactitud cómo ocurrió. Creo recordar que solicitaron personal para echar una mano en la enfermería de la base y yo, quizá llevado por el deseo de hacer algo diferente a la rutina militar, me presenté voluntario asegurando que tenía cierta práctica sanitaria. Debí de resultar convincente porque, para mi sorpresa, me tomaron la palabra. Y allí me encontré, convertido de repente en una especie de sanitario auxiliar improvisado. Entre las tareas que acabaron confiándome estaba la de poner inyecciones intramusculares a los reclutas que iban llegando a la base. Así que, jeringuilla en mano, tuve ocasión de practicar en numerosas ocasiones aquella habilidad sanitaria que yo mismo había asegurado poseer. Todavía hoy me resulta divertida la facilidad con la que aquella declaración de experiencia terminó convirtiéndose en una responsabilidad bastante real. Nadie pareció necesitar demasiadas comprobaciones: yo había dicho que sabía poner inyecciones y, aparentemente, aquello fue suficiente para que pudiera demostrarlo sobre el trasero de los reclutas. Toda una experiencia un tanto kafkiana, muy propia de aquellos tiempos, que contemplada más de medio siglo después sigue provocándome una sonrisa. Mi improvisada carrera sanitaria militar fue, afortunadamente para todos, tan breve como mi estancia en Torrejón. Poco después apareció la oportunidad que iba a devolverme a Valladolid.

 Apareció un soldado interesado precisamente en lo que yo quería dejar atrás: él deseaba ser destinado a Madrid y yo quería regresar a Valladolid. Pocas veces dos intereses contrapuestos encajan de una manera tan perfecta. Conseguimos intercambiar nuestros destinos. Así, el 18 de agosto de 1970, regresé a tierras vallisoletanas para incorporarme al Servicio de Mayoría de la Base Aérea de Villanubla, dentro de la denominada Escuadrilla Mixta. Sería mi tercer y último destino.Y también el más largo.

 Villanubla tenía una ventaja fundamental: estaba cerca de casa.Siempre que podía aprovechaba esa proximidad para bajar a Valladolid. Eso tuvo además una consecuencia gastronómica importante: prácticamente dejé de probar la comida del cuartel. Tampoco suponía un gran sacrificio.El rancho de Villanubla no era precisamente apetecible y, pudiendo comer en casa siempre que las circunstancias lo permitían, no existían demasiados motivos para echarlo de menos.

 Pero si algo caracterizó aquellos meses fue la monotonía. Pasado el periodo inicial de adaptación, los días comenzaban a parecerse demasiado unos a otros. La vida militar transcurría lentamente entre obligaciones, horarios y muchas horas en las que parecía que lo más importante era conseguir que avanzaran las agujas del reloj. En algún momento decidí presentarme al curso de cabo 2.º. Lo aprobé.

 Sería bonito afirmar ahora que aquello respondía a una irresistible vocación de mando o a mis deseos de progresar en la carrera militar.La realidad era bastante menos heroica. Entre mis principales motivaciones estaba evitar tener que barrer la nave cada dia.Y funcionó. No todas las decisiones importantes de una vida tienen necesariamente grandes motivos detrás.

 Mi trabajo en la oficina de Mayoría resultó bastante más llevadero. Allí adquirí, además, una habilidad que acabaría siendo bastante más útil para mi vida civil que muchas de las cosas aprendidas durante la instrucción: mejoré considerablemente mi velocidad con la máquina de escribir.Entre papeles, documentos y tareas administrativas fueron pasando los meses. No todo era oficina.También tuve que realizar algunas patrullas nocturnas, experiencia bastante menos agradable, especialmente cuando el frío vallisoletano volvía a recordarme que seguía allí. Y luego estaban las horas libres. Cuando podía bajar a Valladolid, aprovechaba la proximidad de casa. Pero cuando no se me permitía salir de la base había que buscar alguna manera de combatir el aburrimiento.  Encontré dos especialmente eficaces: leer y pintar. Mientras a mi alrededor continuaba la rutina militar, los libros me permitían marcharme mentalmente de allí durante unas horas. La pintura hacía algo parecido: concentrarme en formas, colores y dibujos era una manera silenciosa de recuperar un espacio propio dentro de una vida en la que casi todo estaba reglamentado. Probablemente fueron aquellas dos actividades las que hicieron más llevadero el tiempo que todavía quedaba por delante.

 Finalmente llegó agosto de 1971.Después de casi año y medio desde mi entrada en el Pinar de Antequera, recibí la licencia provisional. Volvía a ser dueño de mi tiempo, o casi.Porque aquello de terminar la mili tenía entonces una letra pequeña bastante larga.

 En marzo de 1972 pasé oficialmente a la reserva. Comenzó entonces una curiosa y larguísima posdata militar. Cuando el uniforme, las guardias, las zanjas y los ranchos parecían ya recuerdos lejanos, el Ejército volvía periódicamente a recordarme que todavía figuraba en sus archivos. Había que presentarse a revista.

 La primera llegó en enero de 1973. Después, diciembre de 1974. Otra en abril de 1976. Una más en junio de 1980. Y todavía faltaba la última.En octubre de 1986, con treinta y seis años y aquella experiencia de los veinte convertida ya en un recuerdo de juventud, acudí a mi última revista. Esta vez sí. Se acabó.

 Habían transcurrido más de dieciséis años desde aquel 10 de marzo de 1970 en que crucé por primera vez las puertas del CRIM nº 1. No hubo grandes batallas ni hazañas que merecieran aparecer en los libros de Historia. Mi guerra particular fue bastante más modesta. Nunca estuve de acuerdo con la mili.  Siempre consideré que aquellos meses suponían una interrupción difícil de justificar en una etapa de la vida en la que un joven debería estar estudiando, aprendiendo un oficio, trabajando, descubriendo el mundo o, sencillamente, construyendo su propio futuro. Pero aquello formó parte de mi juventud y, ya que no podía evitarlo, intenté al menos hacer algo que, visto desde ahora, quizá explique bastante bien por qué decidí presentarme voluntario desde el principio: gobernar, dentro de lo posible, aquella pequeña parcela de mi vida antes de que otros decidieran por mí.